lunes, 29 de abril de 2013

Jose Salieto Santa Pola

   
El pasado 26 de abril se presentó en la Biblioteca Municipal de Santa Pola la saga "Crónicas de Una Nueva Raza" de Jose Salieto. Fue una tarde agradable con buenos amigos y en un ambiente extraordinario. Un acto que se repetirá en un futuro con otros autores por lo bien que nos han tratado en Santa Pola, y una saga que seguirá presentándose en otros lugares en breve. Hasta que llegue la próxima cita podemos disfrutar de un fragmento del primer tomo "Génesis".

Capítulo sexto del primer tomo, GENESIS.


Cientos de millones de almas gemían y lloraban entre gritos desgarradores agolpándose opresivamente entre las hirvientes rocas en ebullición de un inmenso mar de lava incandescente. Sus rostros desencajados, henchidos de dolor y desesperanza clamaban una misericordia que jamás alcanzarían. Sus carnes, todo una llaga supurosa, se adherían las de uno con las del otro, desgarrándose  en cada movimiento que realizaban intentando salir de aquel magma cruel que los consumía lentamente por enésima vez. Sus despojos se fundían con la abrasadora costra que los iba sepultando en sus entrañas, para reaparecer posteriormente entre los vapores sulfurosos que ascendían hacia un indeterminado y oscuro cielo cuya negror espantaba, y cobrar nuevamente su antigua forma carnal antes de  caer sobre la doliente muchedumbre, para volver una vez más a sufrir el inacabable martirio, sintiendo el fuego devorando la nueva carne que de nuevo volvería a convertirse en una ígnea argamasa, que se adheriría a la del resto de los condenados.
    Algunos lograban alcanzar la orilla antes de llegar a ser consumidos por el foático mar, e intentaban alejarse de él ascendiendo por las ciclópeas montañas de numerosos y blancos pedregales; pero cuando sentían que sus abrasados pies se hundían entre las redondeadas y pulidas formas de las rocas, descubrían con horror que aquellas montañas estaban formadas por restos de huesos humanos: cráneos, tibias, fémures, costillas, esternones… Hasta más allá del horizonte se alzaban interminables cordilleras de incalculable altitud formadas por un sin fin de centenares y centenares de miles de millones de toneladas de huesos y más huesos; los simbólicos restos de todos los errores de las pretéritas humanidades. Sin poderlo evitar, quedaban atrapados entre aquel inmenso osario de cuyo fondo comenzaban a surgir toda suerte de larvas que lenta y pacientemente devoraban sus aún tórridas carnes.
    De entre el ardiente océano casi plenamente cubierto por la dolorida y maltrecha multitud, surgía en ocasiones y de forma imprevisible, un vapor ocre, espeso y modelable que se concentraba por encima de sus cabezas. Cuando esto ocurría, los gritos de terror y angustia desenfrenada rasgaban aún más el denso y agobiante ambiente ante la inminente manifestación de un nuevo horror añadido, al que todos parecían temer inmensamente. Cuando la ocre nube alcanzaba una inconmensurable envergadura, se densificaba hasta tomar la forma carnal de una horrenda hidra de siete cabezas bajo cuyo peso se hundían en la lava todas aquellas almas sobre las que se apoyaban sus gigantescas garras.
    El estridente sonido de sus siete gargantas tronando al aire, penetraba como cuchillos en lo más profundo de aquellos torturados infelices antes de ser destrozados entre las fauces del espantoso animal cuyas escamas brillaban hirientemente bajo la roja luminosidad del magma. Pero ni bajo la triturante presión de las feroces mandíbulas acababa el martirio de aquellas almas, que sin poder gozar tan siquiera de la pérdida de conciencia, mantenían una noción precisa de todo el proceso digestivo hasta ser recompuestos nuevamente dentro del colosal intestino y ser evacuados mucho más tarde, envueltos entre los pestilentes excrementos del monstruo, siendo así lanzados de nuevo sobre las llamas del incandescente mar de rocas en ebullición.
    Al otro lado, en la orilla opuesta al montañoso osario, se extendía un inmenso terreno de cultivo plagado de unos arbustos miserables que no podían dejar de lamentarse constantemente. Arbustos formados por millones de almas en pena, cuya humana forma habíase visto de pronto sorprendida al contemplar cómo sus cuatro extremidades comenzaban a echar raíces que profundizaban en la tierra manteniéndolos así, aferrados al duro suelo mientras de entre sus costados, su pecho y espalda e incluso sus cuellos y cabezas, surgían nuevas ramas formadas por sus propias carnes, que brotaban formando frondosas hojarascas carnales que eran devoradas por plagas de toda suerte de insectos, hongos y pulgones, mientras veían a lo lejos acercarse a bandadas de cuervos guiados por crueles harpías que acudían a alimentarse de sus ojos y de sus entrañas.
    Tras ellos, al pie de grandes montañas de granito, otro dramático espectáculo de inimaginable horror hacía honores a aquel ignorado inframundo del subsuelo terrestre donde la agonía era interminable: Incalculable número de seres sentían cómo sus cuerpos se iban secando lentamente hasta extremos insospechados. Su piel se iba pegando a los huesos tras consumirse sus músculos y carnes, resecándose cada vez más, volviéndose áspera y porosa como piedra pómez. Cuando más avanzado se hacía el proceso, también sus huesos comenzaban a contraerse sobre sí mismos como si una extraña fuerza de succión los fuera absorbiendo desde el interior hasta convertirlos en unos seres planos y rígidos como si de cartón se tratara, que pugnando por no perder sus escasas fuerzas y posibilidades de movimiento, acababan cuarteándose y quebrándose en pequeños fragmentos que el viento arrastraba para mezclarlos con las arenas del suelo.
    Las mencionadas montañas de granito formaban un auténtico laberinto de desfiladeros oscuros y siniestros, constantemente cambiantes de forma, por los que otros tantos millones de almas corrían presas del pánico, huyendo de sus propios miedos y temores, que en formas muy variadas y diversas de monstruosas sombras, los perseguían y acosaban sin descanso hasta conducirles a un callejón sin salida donde eran entonces aplastados brutalmente por las paredes del desfiladero que se cerraban de golpe sobre sí mismas. Sus cuerpos y rostros entraban entonces a formar parte de las graníticas rocas cuyas petrificadas formas al abrirse de nuevo, mostraban su última expresión de dolor y espanto. De esta forma podía apreciarse cómo todas aquellas traicioneras montañas estaban formadas por las humanas formas fosilizadas en el duro mineral.
    Más allá, un sin fin de glotones seres lloraban la pena de no poder dejar de comer sin descanso. Una incontrolable fuerza interior les obligaba a comer vorazmente, sin apetito, una repugnante y maloliente comida de la que no se podían permitir ni el lujo de vomitarla, porque eran entonces empujados a ingerirla de nuevo. Y así continuaban hasta que sus cuerpos henchidos reventaban esparciéndose sobre los demás comensales y sus restos eran entonces utilizados como nuevas reservas de alimento para los que aún no habían alcanzado aquel punto.
    Y recorriendo todo aquel horroroso mundo, un gigantesco Cíclope de inmenso tamaño, buscaba con su único ojo a todas aquellas almas impregnadas de codicia terrenal para obligarles a beber de los manantiales que surgían de las paredes al contacto de sus gigantescos puños; manantiales de ardiente oro líquido que rellenaba sus cuerpos como si de un odre se tratase, hasta quedar rebosantes del fundido metal.
    Y ni uno solo de estos inconsolables seres podía esperar hallar el reconfortante descanso de la muerte, porque ya estaban muertos. Tras largos siglos habían podido encarnarse en el mundo exterior una y otra vez y regresar al reino del Limbo, el mundo de los sueños y de los difuntos que aún han de volver a la tierra. Pero su tiempo se había acabado, y ahora además, sobre la faz de la tierra no había una humanidad en la que poder volver a nacer, ni aún en el caso de que pudieran hacerlo. Y pocas habían sido las almas que habían podido evolucionar lo suficiente como para gozar de un glorioso descanso en las dimensiones superiores, los mundos celestiales, antes de caer finalmente bajo el infernal reino de las tinieblas para purgar sus errores y delitos. Y muchas menos aún habían sido las que definitivamente no bajarían ya a tan tenebroso lugar, por haber alcanzado altos niveles de conciencia, convirtiéndose en Adeptos o incluso en Hijos de la Luz, al servicio de las divinidades del sistema solar, que luchaba por fomentar el desarrollo de las Conciencias humanas.
    Desde lo alto de un insondable precipicio, Bel contemplaba impasible el caótico orden de su reino. Sus membranosas alas plegadas sobre sí mismas, sobresalían muy por encima de su macabra cornamenta. A su lado, Melael, su siervo, lo acompañaba. Era éste, un demonio muy poderoso que llevaba ya miles de años al servicio de su señor, ocupando un privilegiado  puesto que Orm codició desde un principio creyendo ingenuamente que podía llegar a ocupar.
    Melael, casi tan alto y fornido como su señor, desnudo como él, mostraba una apariencia semejante también, aunque al contemplarlos a ambos, de pie sobre aquel risco, resultaba claramente evidente quién era el amo y quién el siervo. Este último presentaba en su rostro la mirada firme y sombría de la más firme lealtad y con su porte reverencial, manteníase siempre que era posible, al menos unos centímetros por detrás de Bel, para dejar así constancia de quién está por delante. Su larga cola, además, permanecía lacia y casi rozando el suelo, mientras que la de su rey permanecía altiva y en suave movimiento, mostrando su autoridad. Sus cuerpos, cubiertos plenamente de un vello corto pero recio, brillaba con la mortecina luz del incandescente mar.
    -Míralo bien, Melael -dijo Bel-. Contempla esta agonía, porque el final de mi reino está por ventura muy cerca. Pronto estaré libre de la prisión de este mundo -Melael escuchaba con respetuoso silencio a su señor mientras observaba sin inmutarse el dramático panorama-. Hasta ahora, todos estos infelices mortales habían bajado aquí tras expirar el plazo de existencias a las que contínuamente retornaban en el mundo exterior. Y aquí sufrían la tortura de reconocer sus miserias y desprenderse de ellas. Así, tras miles de años, sus almas quedaban  tan limpias e inocentes como el primer día, y dispuestas para ascender de nuevo a través de los reinos de la Naturaleza y alcanzar nuevamente el estado humano, donde obtenían otra vez, una nueva oportunidad.
    Bel hizo una breve pausa antes de seguir:
    -Nunca estuve de acuerdo con ese plan. ¡Obligarles a conocer solamente un lado de la moneda! ¿No es mejor conocer también el lado sombrío? El poder entonces es absoluto. Por eso me rebelé y por eso me condenaron. Desde entonces soy el guardián de sus lastres. Y cuando sus almas son liberadas, sus despojos se quedan conmigo y su destrucción aumenta mi fuerza y mi poder. De vez en cuando, algunos merecéis formar parte de mi ejército -miró orgulloso a su siervo-. Pero dentro de las limitaciones que me impusieron, he seguido luchando por destruir su estúpido proyecto. Ahora -sonrió maliciosamente-, todos estos desgraciados no tienen la esperanza de volver a repetir una nueva oportunidad, porque ya no habrá vida sobre este miserable planeta agonizante.
    "Y entonces se verán obligados a abrir sus rejas para sacarlos de aquí y llevárselos al seno del Caos, o internarlos en otro lugar. Mi presencia aquí ya carecerá de sentido, mis cadenas se romperán y entonces, tendrán que escucharme, aceptar mis propuestas, o habrá una nueva guerra. Y estoy seguro que esto último será lo más probable. Y te aseguro, mi fiel Melael, que cuando esto suceda, la conquista de este sistema solar, será sólo el principio. Mi nuevo reino, no mi cárcel, llevará la luz de las Tinieblas hasta el confín del Universo.
    Una henchida satisfacción llenó el pecho y el rostro de Bel, mezclada con un odio ancestral que no podía ocultar.
    -Y yo estaré con vos, mi Señor -respondió Melael serenamente.
    -Y todo gracias a la genial ocurrencia del miserable de Orm -sonrió con desprecio-. Él maquinó la Caída en las mentes de los hombres, y éstos la llevaron a cabo sin sospechar que sería su fin. Después de todo, quizá merezca una pequeña recompensa.
    -¿Vais a acceder a su petición?
    Bel, dándose media vuelta, comenzó a alejarse del risco por una suave pendiente, en dirección a las paredes del fondo. Melael lo siguió a corta distancia mientras espera la respuesta de su señor.
    -Es posible. Este infeliz que creyó merecer tu lugar para luego pretender ocupar el mío, puede aún servirnos de diversión antes de que suceda lo inevitable.
    Cuando llegaron ante la pared, no se detuvieron. Y con un  suave murmullo, la roca fue cambiando de forma a su paso, hasta dejar libre un amplio túnel por el que se internaron ambos personajes.
    -Después de todo -prosiguió-, me está dando una idea para acelerar el proceso y adelantar los acontecimientos. Estoy ansioso por ver el rostro derrotado de mis jueces. Y si realmente, que lo dudo, hay alguno de esos malditos encarnado entre los elfos, no podrá resistir la acometida. Son muy débiles cuando están bajo la influencia de sus propias leyes físicas.
    De pronto, el túnel que se iba abriendo delante de ellos llegó a su fin al abrirse una gran caverna de rojizo fulgor, donde en primer plano se revolcaban por los suelos varios demonios que, alternándose en sus cambiantes formas masculinas y femeninas, fornicaban escandalosamente unos con otros, forzando a participar al mismo tiempo, a algunas de las infelices almas que eran además golpeadas, maltratadas y violentadas encarnizadamente. Al irrumpir en su presencia los máximos representantes, callaron repentinamente en señal de respeto, a la espera de posibles órdenes. Pero Bel, ignorándolos, sólo hizo un gesto con su mano de largas y negras uñas, y todos ellos volvieron a su sanguinaria bacanal.
    Bel se acercó a una de las paredes y apenas antes de que hiciera el ademán de sentarse, las rocas se modelaron a sí mismas formando un majestuoso trono en el que se sentó como si siempre hubiera estado allí. Melael se quedó a su lado, de pie, impasible y sereno como de costumbre.
    -Orm cree que aún puede conquistar este mundo -prosiguió el Señor de los Infiernos-. El desgraciado desconoce la grandeza del Universo y todo lo que acontece en él. Pretende conquistar un mundo del que no tiene ni idea de cómo se creó ni de por qué, ni cuándo. Él, que no es más que una mota de polvo del mismo.
    Apoyó su mandíbula en su mano derecha, rascándose el mentón, con el codo apoyado a su vez en el brazo del sólido trono, y la amarillenta mirada traidora y cruel enfocada en la distancia; y tras una corta reflexión que pareció satisfacerle, continuó:
    -Está bien, mi fiel Melael. Haz los preparativos pertinentes para entregarle a Orm la autoridad sobre los Trolls, envíale su grata noticia y deja que vaya con ellos a buscar a esa Huma, el último eslabón, a la pobre ciudad de la Alianza. Que la goze y la disfrute. ¿Por qué no? Tú mientras, prepárate para ayudar a nuestra madre naturaleza en sus últimos días de agonía- sonrió con sarcasmo-. Evitémosle el dolor del sufrimiento final y ayudémosla a morir dignamente -luego ordenó imperativamente:-. ¡Remueve sus entrañas, Melael; sacúdela, haz que se retuerza como nunca antes lo hizo, que la tierra y el mar se junten con el cielo! ¡Que acabe por fin la Historia de este mundo! 

Jose Salieto Buigues.               http://www.cronicasdeunanuevaraza.com/