El pasado 26 de abril se presentó en la Biblioteca Municipal de Santa Pola la saga "Crónicas de Una Nueva Raza" de Jose Salieto. Fue una tarde agradable con buenos amigos y en un ambiente extraordinario. Un acto que se repetirá en un futuro con otros autores por lo bien que nos han tratado en Santa Pola, y una saga que seguirá presentándose en otros lugares en breve. Hasta que llegue la próxima cita podemos disfrutar de un fragmento del primer tomo "Génesis".
Capítulo sexto del primer tomo, GENESIS.
Cientos de millones de almas gemían y lloraban entre gritos
desgarradores agolpándose opresivamente entre las hirvientes rocas en
ebullición de un inmenso mar de lava incandescente. Sus rostros
desencajados, henchidos de dolor y desesperanza clamaban una
misericordia que jamás alcanzarían. Sus carnes, todo una llaga supurosa,
se adherían las de uno con las del otro, desgarrándose en cada
movimiento que realizaban intentando salir de aquel magma cruel que los
consumía lentamente por enésima vez. Sus despojos se fundían con la
abrasadora costra que los iba sepultando en sus entrañas, para
reaparecer posteriormente entre los vapores sulfurosos que ascendían
hacia un indeterminado y oscuro cielo cuya negror espantaba, y cobrar
nuevamente su antigua forma carnal antes de caer sobre la doliente
muchedumbre, para volver una vez más a sufrir el inacabable martirio,
sintiendo el fuego devorando la nueva carne que de nuevo volvería a
convertirse en una ígnea argamasa, que se adheriría a la del resto de
los condenados.
Algunos lograban alcanzar la orilla antes de llegar a ser
consumidos por el foático mar, e intentaban alejarse de él ascendiendo
por las ciclópeas montañas de numerosos y blancos pedregales; pero
cuando sentían que sus abrasados pies se hundían entre las redondeadas y
pulidas formas de las rocas, descubrían con horror que aquellas
montañas estaban formadas por restos de huesos humanos: cráneos, tibias,
fémures, costillas, esternones… Hasta más allá del horizonte se alzaban
interminables cordilleras de incalculable altitud formadas por un sin
fin de centenares y centenares de miles de millones de toneladas de
huesos y más huesos; los simbólicos restos de todos los errores de las
pretéritas humanidades. Sin poderlo evitar, quedaban atrapados entre
aquel inmenso osario de cuyo fondo comenzaban a surgir toda suerte de
larvas que lenta y pacientemente devoraban sus aún tórridas carnes.
De entre el ardiente océano casi plenamente cubierto por la
dolorida y maltrecha multitud, surgía en ocasiones y de forma
imprevisible, un vapor ocre, espeso y modelable que se concentraba por
encima de sus cabezas. Cuando esto ocurría, los gritos de terror y
angustia desenfrenada rasgaban aún más el denso y agobiante ambiente
ante la inminente manifestación de un nuevo horror añadido, al que todos
parecían temer inmensamente. Cuando la ocre nube alcanzaba una
inconmensurable envergadura, se densificaba hasta tomar la forma carnal
de una horrenda hidra de siete cabezas bajo cuyo peso se hundían en la
lava todas aquellas almas sobre las que se apoyaban sus gigantescas
garras.
El estridente sonido de sus siete gargantas tronando al aire,
penetraba como cuchillos en lo más profundo de aquellos torturados
infelices antes de ser destrozados entre las fauces del espantoso animal
cuyas escamas brillaban hirientemente bajo la roja luminosidad del
magma. Pero ni bajo la triturante presión de las feroces mandíbulas
acababa el martirio de aquellas almas, que sin poder gozar tan siquiera
de la pérdida de conciencia, mantenían una noción precisa de todo el
proceso digestivo hasta ser recompuestos nuevamente dentro del colosal
intestino y ser evacuados mucho más tarde, envueltos entre los
pestilentes excrementos del monstruo, siendo así lanzados de nuevo sobre
las llamas del incandescente mar de rocas en ebullición.
Al otro lado, en la orilla opuesta al montañoso osario, se
extendía un inmenso terreno de cultivo plagado de unos arbustos
miserables que no podían dejar de lamentarse constantemente. Arbustos
formados por millones de almas en pena, cuya humana forma habíase visto
de pronto sorprendida al contemplar cómo sus cuatro extremidades
comenzaban a echar raíces que profundizaban en la tierra manteniéndolos
así, aferrados al duro suelo mientras de entre sus costados, su pecho y
espalda e incluso sus cuellos y cabezas, surgían nuevas ramas formadas
por sus propias carnes, que brotaban formando frondosas hojarascas
carnales que eran devoradas por plagas de toda suerte de insectos,
hongos y pulgones, mientras veían a lo lejos acercarse a bandadas de
cuervos guiados por crueles harpías que acudían a alimentarse de sus
ojos y de sus entrañas.
Tras ellos, al pie de grandes montañas de granito, otro
dramático espectáculo de inimaginable horror hacía honores a aquel
ignorado inframundo del subsuelo terrestre donde la agonía era
interminable: Incalculable número de seres sentían cómo sus cuerpos se
iban secando lentamente hasta extremos insospechados. Su piel se iba
pegando a los huesos tras consumirse sus músculos y carnes, resecándose
cada vez más, volviéndose áspera y porosa como piedra pómez. Cuando más
avanzado se hacía el proceso, también sus huesos comenzaban a contraerse
sobre sí mismos como si una extraña fuerza de succión los fuera
absorbiendo desde el interior hasta convertirlos en unos seres planos y
rígidos como si de cartón se tratara, que pugnando por no perder sus
escasas fuerzas y posibilidades de movimiento, acababan cuarteándose y
quebrándose en pequeños fragmentos que el viento arrastraba para
mezclarlos con las arenas del suelo.
Las mencionadas montañas de granito formaban un auténtico
laberinto de desfiladeros oscuros y siniestros, constantemente
cambiantes de forma, por los que otros tantos millones de almas corrían
presas del pánico, huyendo de sus propios miedos y temores, que en
formas muy variadas y diversas de monstruosas sombras, los perseguían y
acosaban sin descanso hasta conducirles a un callejón sin salida donde
eran entonces aplastados brutalmente por las paredes del desfiladero que
se cerraban de golpe sobre sí mismas. Sus cuerpos y rostros entraban
entonces a formar parte de las graníticas rocas cuyas petrificadas
formas al abrirse de nuevo, mostraban su última expresión de dolor y
espanto. De esta forma podía apreciarse cómo todas aquellas traicioneras
montañas estaban formadas por las humanas formas fosilizadas en el duro
mineral.
Más allá, un sin fin de glotones seres lloraban la pena de no
poder dejar de comer sin descanso. Una incontrolable fuerza interior
les obligaba a comer vorazmente, sin apetito, una repugnante y
maloliente comida de la que no se podían permitir ni el lujo de
vomitarla, porque eran entonces empujados a ingerirla de nuevo. Y así
continuaban hasta que sus cuerpos henchidos reventaban esparciéndose
sobre los demás comensales y sus restos eran entonces utilizados como
nuevas reservas de alimento para los que aún no habían alcanzado aquel
punto.
Y recorriendo todo aquel horroroso mundo, un gigantesco
Cíclope de inmenso tamaño, buscaba con su único ojo a todas aquellas
almas impregnadas de codicia terrenal para obligarles a beber de los
manantiales que surgían de las paredes al contacto de sus gigantescos
puños; manantiales de ardiente oro líquido que rellenaba sus cuerpos
como si de un odre se tratase, hasta quedar rebosantes del fundido
metal.
Y ni uno solo de estos inconsolables seres podía esperar
hallar el reconfortante descanso de la muerte, porque ya estaban
muertos. Tras largos siglos habían podido encarnarse en el mundo
exterior una y otra vez y regresar al reino del Limbo, el mundo de los
sueños y de los difuntos que aún han de volver a la tierra. Pero su
tiempo se había acabado, y ahora además, sobre la faz de la tierra no
había una humanidad en la que poder volver a nacer, ni aún en el caso de
que pudieran hacerlo. Y pocas habían sido las almas que habían podido
evolucionar lo suficiente como para gozar de un glorioso descanso en las
dimensiones superiores, los mundos celestiales, antes de caer
finalmente bajo el infernal reino de las tinieblas para purgar sus
errores y delitos. Y muchas menos aún habían sido las que
definitivamente no bajarían ya a tan tenebroso lugar, por haber
alcanzado altos niveles de conciencia, convirtiéndose en Adeptos o
incluso en Hijos de la Luz, al servicio de las divinidades del sistema
solar, que luchaba por fomentar el desarrollo de las Conciencias
humanas.
Desde lo alto de un insondable precipicio, Bel contemplaba
impasible el caótico orden de su reino. Sus membranosas alas plegadas
sobre sí mismas, sobresalían muy por encima de su macabra cornamenta. A
su lado, Melael, su siervo, lo acompañaba. Era éste, un demonio muy
poderoso que llevaba ya miles de años al servicio de su señor, ocupando
un privilegiado puesto que Orm codició desde un principio creyendo
ingenuamente que podía llegar a ocupar.
Melael, casi tan alto y fornido como su señor, desnudo como
él, mostraba una apariencia semejante también, aunque al contemplarlos a
ambos, de pie sobre aquel risco, resultaba claramente evidente quién
era el amo y quién el siervo. Este último presentaba en su rostro la
mirada firme y sombría de la más firme lealtad y con su porte
reverencial, manteníase siempre que era posible, al menos unos
centímetros por detrás de Bel, para dejar así constancia de quién está
por delante. Su larga cola, además, permanecía lacia y casi rozando el
suelo, mientras que la de su rey permanecía altiva y en suave
movimiento, mostrando su autoridad. Sus cuerpos, cubiertos plenamente de
un vello corto pero recio, brillaba con la mortecina luz del
incandescente mar.
-Míralo bien, Melael -dijo Bel-. Contempla esta agonía,
porque el final de mi reino está por ventura muy cerca. Pronto estaré
libre de la prisión de este mundo -Melael escuchaba con respetuoso
silencio a su señor mientras observaba sin inmutarse el dramático
panorama-. Hasta ahora, todos estos infelices mortales habían bajado
aquí tras expirar el plazo de existencias a las que contínuamente
retornaban en el mundo exterior. Y aquí sufrían la tortura de reconocer
sus miserias y desprenderse de ellas. Así, tras miles de años, sus almas
quedaban tan limpias e inocentes como el primer día, y dispuestas para
ascender de nuevo a través de los reinos de la Naturaleza y alcanzar
nuevamente el estado humano, donde obtenían otra vez, una nueva
oportunidad.
Bel hizo una breve pausa antes de seguir:
-Nunca estuve de acuerdo con ese plan. ¡Obligarles a conocer
solamente un lado de la moneda! ¿No es mejor conocer también el lado
sombrío? El poder entonces es absoluto. Por eso me rebelé y por eso me
condenaron. Desde entonces soy el guardián de sus lastres. Y cuando sus
almas son liberadas, sus despojos se quedan conmigo y su destrucción
aumenta mi fuerza y mi poder. De vez en cuando, algunos merecéis formar
parte de mi ejército -miró orgulloso a su siervo-. Pero dentro de las
limitaciones que me impusieron, he seguido luchando por destruir su
estúpido proyecto. Ahora -sonrió maliciosamente-, todos estos
desgraciados no tienen la esperanza de volver a repetir una nueva
oportunidad, porque ya no habrá vida sobre este miserable planeta
agonizante.
"Y entonces se verán obligados a abrir sus rejas para
sacarlos de aquí y llevárselos al seno del Caos, o internarlos en otro
lugar. Mi presencia aquí ya carecerá de sentido, mis cadenas se romperán
y entonces, tendrán que escucharme, aceptar mis propuestas, o habrá una
nueva guerra. Y estoy seguro que esto último será lo más probable. Y te
aseguro, mi fiel Melael, que cuando esto suceda, la conquista de este
sistema solar, será sólo el principio. Mi nuevo reino, no mi cárcel,
llevará la luz de las Tinieblas hasta el confín del Universo.
Una henchida satisfacción llenó el pecho y el rostro de Bel, mezclada con un odio ancestral que no podía ocultar.
-Y yo estaré con vos, mi Señor -respondió Melael serenamente.
-Y todo gracias a la genial ocurrencia del miserable de Orm
-sonrió con desprecio-. Él maquinó la Caída en las mentes de los
hombres, y éstos la llevaron a cabo sin sospechar que sería su fin.
Después de todo, quizá merezca una pequeña recompensa.
-¿Vais a acceder a su petición?
Bel, dándose media vuelta, comenzó a alejarse del risco por
una suave pendiente, en dirección a las paredes del fondo. Melael lo
siguió a corta distancia mientras espera la respuesta de su señor.
-Es posible. Este infeliz que creyó merecer tu lugar para
luego pretender ocupar el mío, puede aún servirnos de diversión antes de
que suceda lo inevitable.
Cuando llegaron ante la pared, no se detuvieron. Y con un
suave murmullo, la roca fue cambiando de forma a su paso, hasta dejar
libre un amplio túnel por el que se internaron ambos personajes.
-Después de todo -prosiguió-, me está dando una idea para
acelerar el proceso y adelantar los acontecimientos. Estoy ansioso por
ver el rostro derrotado de mis jueces. Y si realmente, que lo dudo, hay
alguno de esos malditos encarnado entre los elfos, no podrá resistir la
acometida. Son muy débiles cuando están bajo la influencia de sus
propias leyes físicas.
De pronto, el túnel que se iba abriendo delante de ellos
llegó a su fin al abrirse una gran caverna de rojizo fulgor, donde en
primer plano se revolcaban por los suelos varios demonios que,
alternándose en sus cambiantes formas masculinas y femeninas, fornicaban
escandalosamente unos con otros, forzando a participar al mismo tiempo,
a algunas de las infelices almas que eran además golpeadas, maltratadas
y violentadas encarnizadamente. Al irrumpir en su presencia los máximos
representantes, callaron repentinamente en señal de respeto, a la
espera de posibles órdenes. Pero Bel, ignorándolos, sólo hizo un gesto
con su mano de largas y negras uñas, y todos ellos volvieron a su
sanguinaria bacanal.
Bel se acercó a una de las paredes y apenas antes de que
hiciera el ademán de sentarse, las rocas se modelaron a sí mismas
formando un majestuoso trono en el que se sentó como si siempre hubiera
estado allí. Melael se quedó a su lado, de pie, impasible y sereno como
de costumbre.
-Orm cree que aún puede conquistar este mundo -prosiguió el
Señor de los Infiernos-. El desgraciado desconoce la grandeza del
Universo y todo lo que acontece en él. Pretende conquistar un mundo del
que no tiene ni idea de cómo se creó ni de por qué, ni cuándo. Él, que
no es más que una mota de polvo del mismo.
Apoyó su mandíbula en su mano derecha, rascándose el mentón,
con el codo apoyado a su vez en el brazo del sólido trono, y la
amarillenta mirada traidora y cruel enfocada en la distancia; y tras una
corta reflexión que pareció satisfacerle, continuó:
-Está bien, mi fiel Melael. Haz los preparativos pertinentes
para entregarle a Orm la autoridad sobre los Trolls, envíale su grata
noticia y deja que vaya con ellos a buscar a esa Huma, el último
eslabón, a la pobre ciudad de la Alianza. Que la goze y la disfrute.
¿Por qué no? Tú mientras, prepárate para ayudar a nuestra madre
naturaleza en sus últimos días de agonía- sonrió con sarcasmo-.
Evitémosle el dolor del sufrimiento final y ayudémosla a morir
dignamente -luego ordenó imperativamente:-. ¡Remueve sus entrañas,
Melael; sacúdela, haz que se retuerza como nunca antes lo hizo, que la
tierra y el mar se junten con el cielo! ¡Que acabe por fin la Historia
de este mundo!
Jose Salieto Buigues.
http://www.cronicasdeunanuevaraza.com/