miércoles, 29 de mayo de 2013

Sonia Sánchez

   Sonia Sánchez Torres, ilicitana con muchas inquietudes. Ha desempeñado diversas labores: actriz, niñera, gerente de establecimiento y escritora, que es su nueva faceta. Se adentra en el mundo de la escritura con un libro de cuentos que nace a partir de su instinto maternal y hacer más llevadera la entrada al colegio de su hijo pequeño.

    Su publicación se llama "La reina Bee...atriz", donde encontramos a un personajes principal que es la Princesa Margarita. Por medio de otros personajes y distintas aventuras nos vamos encontrando con un mundo lleno de colorido, aventuras y de como afrontar los miedos. Con ilustraciones de Arly Jones nos presenta el primer cuento de una serie llamada "Los botones mágicos".

  La presentación del libro tendrá lugar el próximo día 5 de Junio, a las 17'00 horas, en la sede de la Fundación Salud Infantil situada en el Paseo de la Juventud nro. 3.

   Si quereis obtener más información de la autora y de sus trabajos, podeis visitar el blog los botones mágicos

viernes, 24 de mayo de 2013

Recital Literario

Compartimos algunas fotos del Recital Literario celebrado en la tienda de Intermón Oxfam en Elche. Muchas gracias a todos los autores, a En-Karma por la música, a Intermón, librería Moliner y a todo el público. Fué una tarde expléndida.





















miércoles, 8 de mayo de 2013

Clara Asunción Garcia

    
    Clara Asunción García es una escritora ilicitana, aunque viva en Alicante desde hace unos años. Es licenciada en publicidad y RRPP. Clara escribe porque no puede evitarlo. Hacerlo forma parte de su quehacer diario, para mantenerse viva, para disfrutar. Como beber, comer, pasear o ver una puesta de sol en el mar con una cerveza en la mano. De hecho, si hay un mar, un libro o una cerveza cerca, es feliz. Y si cuando eso sucede está acompañada, lo es aún más. 
Ha pasado de lectora compulsiva a escritora y como tales sigue, porque no concibe una parte sin la otra. De hecho, en cuanto a la primera, hay en su novela “La perfección del silencio”  una frase que la autora hace suya a través de uno de los personajes centrales: “Yo a veces pienso que de lo que no tengo tiempo es de vivir, de tanto leer”.
En cuanto a su trayectoria literaria, recorrió el camino de la palabra escrita desde el relato hiperbreve y corto hasta la novela, siendo finalista, ganadora y publicada en diversos certámenes y libros colectivos. La novela llegó en una de esas encrucijadas en las que se dio cuenta de que el camino seguía más allá de las tres líneas o la página doce, y de ese descubrimiento nació “El primer caso de Cate Maynes” (Egales, 2011), título
iniciático de lo que pretende ser una longeva serie —si el paracetamol y la tendencia a una vida desmantelada del personaje no lo impide— y en cuya segunda parte se encuentra trabajando actualmente.
“La perfección del silencio” (Egales, 2013), es su segunda novela publicada. Novela de la que podeis encontrar mucha más información en las siguientes páginas de la autora.

http://claraasunciongarcia.blogspot.com.es/p/la-perfeccion-del-silencio.html

http://about.me/claraasunciongarcia

martes, 7 de mayo de 2013

Rafael Bernabé

 
 
  Vamos a conocer a otro escritor ilicitano. Se llama Rafael Bernabé Carrión. Ilicitano, aunque afincado en Santa Pola, de 39 años. Es arquitecto técnico, y lo de la escritura le viene desde hace poco tiempo.

Comenzó hace unos 3 años por una amiga que lo incitó a que dejara salir su vena literaria, que dicha amiga presentía en Rafael. A partir de ese momento, nuestro autor ilicitano, se dió cuenta de que podía ir creando personajes, historias, jugar con ellos... y tanteando y probando ha conseguido escribir 16 relatos cortos que pronto verán la luz en formato de libro. Dicho libro se llama “En el tren. Encuentros y desencuentros” es un conjunto de 16 relatos cortos en donde las reacciones de los personajes ante determinadas situaciones son las protagonistas de las historias.
            En los vagones de un tren de largo recorrido, o corto, tanto da, viajan familias, madres solteras, solteros de inconsciente paternidad o muchachas ávidas de nuevas experiencias. Cada personaje o grupo de personajes protagoniza cada uno de los relatos que de manera independiente se suceden. No obstante, en algunos casos, los protagonistas de una historia son personajes secundarios de otra, quedando así entrelazados los relatos: de alguna forma, y aun a pesar de la independencia, ello le confiere un cierto halo de “obra coral”.
            Algunos personajes viajan plácidamente, o eso aparentan exteriormente, mostrando para sus adentros los miedos o preocupaciones; inquietudes que les hacen removerse en los asientos, aunque sin perder la compostura…en la mayor parte de los casos.
            Resulta por ejemplo chocante la idílica estampa familiar de unos padres viajando con sus hijos, deshechos en sonrisas de aparente felicidad. En ese relato, se irá desgranando la cruda realidad que rodea al matrimonio, dejando en entredicho la felicidad que se regalan. En otro, un educado señor, moralmente correcto y escrupulosamente religioso, sucumbe al oscuro pecado de la carne, para su desconcierto y sorpresa…
            Hay relatos también, y a ellos alude el título, en los que puede resultar interesante observar cómo las personas reaccionamos (más de un lector pueda verse reflejado en alguna de las situaciones que este desconcertante tren y sus viajeros depara) ante el encuentro inesperado o la situación estrambótica. ¿Cómo reaccionaríamos si un mago nos hiciera desaparecer de nuestro asiento? ¿Asistiríamos impasibles a la esperpéntica situación de ver a una madre borracha llorando por un ex que le quita a su hijo? O ante la muerte ajena… ¿Estaríamos dispuestos a asumirla con total calma y decoro si nos sorprende en nuestro viaje?
            Sería interesante comparar nuestras reacciones con las de estos personajes, víctimas de ellos mismos y de las situaciones que provocan. Tenemos 16 relatos; suficientes para viajar por toda una gama de encuentros… y desencuentros.

       Para ir abriendo boca, Rafael Bernabé, nos ofrece un interesante adelanto con un relato llamado "La Familia Feliz". Esperamos que os guste, y os informaremos en cuanto esté publicado el libro.

 LA FAMILIA FELIZ

             
            Sentado entre su suegra, sus hijos y su mujer, viajaba Ernesto en el tren, bajo tres pesadas maletas y frente a un destino poco, casi nada, apetecible. Con todos esos compañeros de viaje reflexionó y decidió que lo mejor sería ausentar su mente ya que muy a su pesar, su cuerpo debía permanecer presente. Recapacitó, recopiló su pasado reciente, también el lejano, y no pudo evitar que un triste amargor empezara a invadirlo. Un montón de sueños sin cumplir, un físico venido a menos (aunque nunca había sido mucho más) y una familia que… bueno, era la que era, la que él había elegido y con la que un día –ya borroso –se había sentido a gusto. Y contra la lenta pesadez con que la sucesión de ideas se paseaba en su cabeza, el exterior, veloz, parecía sugerirle premura en la aflicción.
            Mientras su mente divagaba, Ernesto, avezado ya en el manejo de las apariencias, accionó su particular piloto automático. Una estúpida sonrisa se le dibujó en la cara. Con ella respondería a cualquier comentario de la suegra, por muy absurdo e inconveniente que fuera, y a las ñoñas y desustanciadas apreciaciones de sus melifluos hijos.
Soportaba con desidia lo aburrido y mundano de su vida, en la que su propia existencia le era a veces tediosa. Tras pequeños detalles y bajo palabras discretas y biensonantes, con acierto y oficio, se había acostumbrado a la felicidad fingida. Tan convincente era que incluso, a veces, él mismo se había llegado a creer su propia mentira. Pero solo a veces. La mayor parte del tiempo era plenamente consciente del engaño. No era feliz con su familia. La quería, daría lo que fuera por todos y cada uno de ellos, se esforzaba al máximo por mantenerles en un cierto nivel de vida, trataba de compartir satisfacciones y alegrías, pero… Pero efectivamente, llegó a la filosófica conclusión de que el hecho de querer a alguien no implica que se sea feliz junto a ese alguien, llámese esposa, hijos o suegra.
 No había sido consciente hasta hacía relativamente poco del hastío con el que empachaba día tras día su vida. Siempre había pensado que así debía de ser el tener una familia, esto es, responsabilidad, preocupaciones, sinsabores… Pero Ernesto, lo que tenía era, además de lo anterior, un plus de sobrecarga: una mujer, felicísima, a la que soportar. No solo a ella, también sus cambios de humor y sus insufribles conversaciones acerca de cualquier insustancial tema. Y todo ello con el mérito añadido de aparentar que además de interesarle, le preocupaba. Con sus ojos fijos en los de Marisa, arrugando el entrecejo fingiendo concentración, daba por satisfecha el ansia de la mujer de sentirse escuchada y de creerse poseedora de importantes argumentos acerca de cualquier cosa. ¡Ay! Si esta hubiera sabido que cuando le hablaba, Ernesto se tele-transportaba a un mundo interior al que Marisa no tenía ni la más remota idea de cómo se accedía…
 No era un mal padre, ni un mal marido. Se esforzaba por cumplir con sus deberes familiares. No tenía un sueldo excesivo, pero hacía virguerías por estirarlo y parecer incluso ser de una posición social que no era la que le correspondía. Cumplía religiosamente con sus compromisos sexuales –aunque la mayoría de las veces le hubiera apetecido excusarse con un “me duele la cabeza” –y notaba en la sonrisa de Marisa el agradecimiento por esos momentos, breves, de  placer conyugal. A sus hijos, aunque para él remilgados y empapados de infantilismos poco acordes a la edad que ya tenían, los quería. Se había afanado en educarlos de la mejor manera que se lo ocurrió. Y esta no fue ni más ni menos que basarse en sí mismo como modelo, tenerse como fuente de inspiración para intentar que aquellos niños se asemejaran a él, a la natural normalidad. Aunque al parecer tanta normal naturalidad no es recomendable, a tenor de lo que en sus empalagosos y a veces insufribles hijos veía reflejado.
¡Qué harto estaba ya! Qué cansado era ofrecer un aspecto exterior tan distante del interior. Ernesto se sentía culpable. Notaba que su familia lo quería, que eran felices a su lado y que respetaban su posición de padre de familia. Mientras, él se sentía incómodo rodeado de tanta filigrana familiar. Una mujer sonriente y feliz a todas horas, complaciente; una suegra habladora pero bienintencionada, y sonriente; y unos niños que aunque sosos y relamidos, eran también educados y cariñosos, y por supuesto, también sonreían. Siempre.  
 Remando en un río a contracorriente se encontraba la mente de Ernesto, cuando de repente, se abrió la puerta del vagón. Su mujer, sentada frente a él, sus hijos sentados en el suelo y su suegra volviendo del paisaje, giraron sus caras, siempre sonrientes, hacia la puerta. En ella vieron a una anciana bajita de ojos azules que los contemplaba en silencio, interrogándolos con la mirada. Pero ni Ernesto ni su familia supieron descifrar lo que la mirada de aquella mujer trataba de decirles. Nadie dijo nada. Ni la anciana, anclada al marco de la puerta, ni la familia sonriente que la observaba. Tras unos segundos, que a todos les parecieron eternos pero que nadie quiso exteriorizar, la anciana, con la mirada perdida, cerró la puerta del vagón. Ernesto, Marisa, su suegra y los niños volvieron a sus cosas. Ernesto a su análisis introspectivo, su suegra a la plácida modorra, los niños a la lectura y Marisa... pues Marisa, relajada, también estaba empezando a acariciar su yo más profundo. El suave traqueteo del tren y el silencio familiar invitaba a dejarse llevar. Y bien que lo hizo.
Le dio por pensar en todo lo que haría al llegar a su destino. Desharía su maleta, saldría a la terraza del hotel con un Dry Martini en la mano y un cigarro en la otra, programaría su tarde cultural por la ciudad, iría a los cafés más cool del centro (con mesas exteriores en donde poder pegarse buenas fumadas rajando al mismo tiempo a los transeúntes); y tras una buena sesión de compras, por la noche, se arreglaría. Vestido ajustado, escote de infarto, maquillada como una puerta… Pero algo chirrió de repente en su cabeza. ¡Su familia! ¡Joder! Se había relajado tanto en su ensoñación que se había olvidado de que no viajaba sola. Por un instante perdió la sonrisa de la cara, pero rápidamente se recompuso. Menos mal. Nadie se había dado cuenta.
Marisa, ya menos relajada, pero decidida a dialogar consigo misma, se dejó guiar por sus pensamientos, ahora ya, plenamente consciente y totalmente despierta. Qué harta estaba Marisa de aquel marido que le había tocado en suerte. Cuán insoportable se le hacía a veces el tener que ver constantemente una sonrisa bobalicona, fiel reflejo de un espíritu insulso, de un hombre poco hombre para ella. Cuántas noches hubiera apagado la luz mientras le proporcionaba placer para no tener que ver esa estúpida cara de Ernesto, afectado de un amor que ella no compartía. Y aún así, aún a pesar de la indiferencia que sentía hacia él, tenía que sonreír, tenía que alimentar la hombría de aquel pusilánime que la adoraba.
 Sí, Marisa era plenamente consciente de que lo era todo para su marido. Notaba a Ernesto feliz a su lado, agradecido por haberle hecho padre de dos criaturas maravillosas, de las que se sentía orgullosísimo de lo listos y espabilados que eran (lo que Marisa matizaba, ya que para ella sus hijos eran repipis, y sabiondos y redichos a partes iguales). Babeaba de amor cuando ella abría la boca, mirándola fijamente, concentrado en sus palabras por frías e insustanciales que estas fueran. ¡Ay! Si Ernesto hubiera sabido que Marisa, cuando le hablaba, era para disimular y esconder su propio hastío, y evitar que un silencio incómodo pudiera haberla delatado…
Le había costado reconocer la monotonía de su vida, la infelicidad que le proporcionaba una rutina familiar tediosa. Y cuando se había dado cuenta, ya era tarde para hacer marcha atrás. Por eso, sabiendo como sabía que Ernesto era plenamente feliz en aquel matrimonio, decidió disimular, sonreír más que nunca y demostrar al mundo entero que su familia era modélica y ejemplar como la que más. Tanto se había esforzado que, a veces, se había llegado a identificar con el papel de esposa dichosa. Aunque bien es cierto que no le hubiera importado darle su papel a otra cuando se acostaba con Ernesto por las noches. Ella era toda una mujer, de los pies a la cabeza. Si se lo hubiera propuesto, hubiera podido conquistar al hombre que hubiera querido, a uno que la hubiera hecho sentir mujer, amante y esposa en una sola. Pero nunca había sido una mujer con suerte.
Marisa sentía lástima por Ernesto y se daba cuenta de no estar a la altura del amor que su marido le ofrecía. Precisamente la compasión había sido una de las razones que la había llevado a inventarse un rol de esposa feliz y satisfecha. Así, Marisa montaba su particular teatrillo cada mañana al despertar con la “sana” intención de mantener a su marido en la mentira. Porque a diferencia de la culpabilidad con que Ernesto se flagelaba, ella, lo que sentía correr por sus venas era una magnanimidad incuestionable.
El tren ralentizó su marcha. Se aproximaba a una parada. El paisaje empezaba a oscurecer, aunque aún eran perfectamente visibles los contornos de las casas, los coches, los caminos y los lejanos montes. Cada cosa con su color, ocupando su lugar en la escena, y que aunque visto desde dentro, y con un grueso cristal de por medio, no dejaba de ser prácticamente igual a lo que se pudiera haber observado desde fuera. Pero eso era una estampa desde el tren, un bodegón inerte de ventanilla. Una familia es otra cosa. Contradiciendo a Tolstoi, podría decirse que no todas las familias felices se parecen. Unas lo son y otras, simplemente, se conforman con parecerlo.

jueves, 2 de mayo de 2013

Entrevista a Manuel Segarra

Ya puedes escuchar la entrevista que hemos tenido hoy con Manuel V. Segarra. Tan sólo tienes que pinchar en este enlace

lunes, 29 de abril de 2013

Presentación "La Espada Samurai"

    Os esperamos el 9 de mayo en Cafetería Malasaña para la presentación de "La Espada Samurai", la última obra de la ilicitana Fini Alacid.

Jose Salieto Santa Pola

   
El pasado 26 de abril se presentó en la Biblioteca Municipal de Santa Pola la saga "Crónicas de Una Nueva Raza" de Jose Salieto. Fue una tarde agradable con buenos amigos y en un ambiente extraordinario. Un acto que se repetirá en un futuro con otros autores por lo bien que nos han tratado en Santa Pola, y una saga que seguirá presentándose en otros lugares en breve. Hasta que llegue la próxima cita podemos disfrutar de un fragmento del primer tomo "Génesis".

Capítulo sexto del primer tomo, GENESIS.


Cientos de millones de almas gemían y lloraban entre gritos desgarradores agolpándose opresivamente entre las hirvientes rocas en ebullición de un inmenso mar de lava incandescente. Sus rostros desencajados, henchidos de dolor y desesperanza clamaban una misericordia que jamás alcanzarían. Sus carnes, todo una llaga supurosa, se adherían las de uno con las del otro, desgarrándose  en cada movimiento que realizaban intentando salir de aquel magma cruel que los consumía lentamente por enésima vez. Sus despojos se fundían con la abrasadora costra que los iba sepultando en sus entrañas, para reaparecer posteriormente entre los vapores sulfurosos que ascendían hacia un indeterminado y oscuro cielo cuya negror espantaba, y cobrar nuevamente su antigua forma carnal antes de  caer sobre la doliente muchedumbre, para volver una vez más a sufrir el inacabable martirio, sintiendo el fuego devorando la nueva carne que de nuevo volvería a convertirse en una ígnea argamasa, que se adheriría a la del resto de los condenados.
    Algunos lograban alcanzar la orilla antes de llegar a ser consumidos por el foático mar, e intentaban alejarse de él ascendiendo por las ciclópeas montañas de numerosos y blancos pedregales; pero cuando sentían que sus abrasados pies se hundían entre las redondeadas y pulidas formas de las rocas, descubrían con horror que aquellas montañas estaban formadas por restos de huesos humanos: cráneos, tibias, fémures, costillas, esternones… Hasta más allá del horizonte se alzaban interminables cordilleras de incalculable altitud formadas por un sin fin de centenares y centenares de miles de millones de toneladas de huesos y más huesos; los simbólicos restos de todos los errores de las pretéritas humanidades. Sin poderlo evitar, quedaban atrapados entre aquel inmenso osario de cuyo fondo comenzaban a surgir toda suerte de larvas que lenta y pacientemente devoraban sus aún tórridas carnes.
    De entre el ardiente océano casi plenamente cubierto por la dolorida y maltrecha multitud, surgía en ocasiones y de forma imprevisible, un vapor ocre, espeso y modelable que se concentraba por encima de sus cabezas. Cuando esto ocurría, los gritos de terror y angustia desenfrenada rasgaban aún más el denso y agobiante ambiente ante la inminente manifestación de un nuevo horror añadido, al que todos parecían temer inmensamente. Cuando la ocre nube alcanzaba una inconmensurable envergadura, se densificaba hasta tomar la forma carnal de una horrenda hidra de siete cabezas bajo cuyo peso se hundían en la lava todas aquellas almas sobre las que se apoyaban sus gigantescas garras.
    El estridente sonido de sus siete gargantas tronando al aire, penetraba como cuchillos en lo más profundo de aquellos torturados infelices antes de ser destrozados entre las fauces del espantoso animal cuyas escamas brillaban hirientemente bajo la roja luminosidad del magma. Pero ni bajo la triturante presión de las feroces mandíbulas acababa el martirio de aquellas almas, que sin poder gozar tan siquiera de la pérdida de conciencia, mantenían una noción precisa de todo el proceso digestivo hasta ser recompuestos nuevamente dentro del colosal intestino y ser evacuados mucho más tarde, envueltos entre los pestilentes excrementos del monstruo, siendo así lanzados de nuevo sobre las llamas del incandescente mar de rocas en ebullición.
    Al otro lado, en la orilla opuesta al montañoso osario, se extendía un inmenso terreno de cultivo plagado de unos arbustos miserables que no podían dejar de lamentarse constantemente. Arbustos formados por millones de almas en pena, cuya humana forma habíase visto de pronto sorprendida al contemplar cómo sus cuatro extremidades comenzaban a echar raíces que profundizaban en la tierra manteniéndolos así, aferrados al duro suelo mientras de entre sus costados, su pecho y espalda e incluso sus cuellos y cabezas, surgían nuevas ramas formadas por sus propias carnes, que brotaban formando frondosas hojarascas carnales que eran devoradas por plagas de toda suerte de insectos, hongos y pulgones, mientras veían a lo lejos acercarse a bandadas de cuervos guiados por crueles harpías que acudían a alimentarse de sus ojos y de sus entrañas.
    Tras ellos, al pie de grandes montañas de granito, otro dramático espectáculo de inimaginable horror hacía honores a aquel ignorado inframundo del subsuelo terrestre donde la agonía era interminable: Incalculable número de seres sentían cómo sus cuerpos se iban secando lentamente hasta extremos insospechados. Su piel se iba pegando a los huesos tras consumirse sus músculos y carnes, resecándose cada vez más, volviéndose áspera y porosa como piedra pómez. Cuando más avanzado se hacía el proceso, también sus huesos comenzaban a contraerse sobre sí mismos como si una extraña fuerza de succión los fuera absorbiendo desde el interior hasta convertirlos en unos seres planos y rígidos como si de cartón se tratara, que pugnando por no perder sus escasas fuerzas y posibilidades de movimiento, acababan cuarteándose y quebrándose en pequeños fragmentos que el viento arrastraba para mezclarlos con las arenas del suelo.
    Las mencionadas montañas de granito formaban un auténtico laberinto de desfiladeros oscuros y siniestros, constantemente cambiantes de forma, por los que otros tantos millones de almas corrían presas del pánico, huyendo de sus propios miedos y temores, que en formas muy variadas y diversas de monstruosas sombras, los perseguían y acosaban sin descanso hasta conducirles a un callejón sin salida donde eran entonces aplastados brutalmente por las paredes del desfiladero que se cerraban de golpe sobre sí mismas. Sus cuerpos y rostros entraban entonces a formar parte de las graníticas rocas cuyas petrificadas formas al abrirse de nuevo, mostraban su última expresión de dolor y espanto. De esta forma podía apreciarse cómo todas aquellas traicioneras montañas estaban formadas por las humanas formas fosilizadas en el duro mineral.
    Más allá, un sin fin de glotones seres lloraban la pena de no poder dejar de comer sin descanso. Una incontrolable fuerza interior les obligaba a comer vorazmente, sin apetito, una repugnante y maloliente comida de la que no se podían permitir ni el lujo de vomitarla, porque eran entonces empujados a ingerirla de nuevo. Y así continuaban hasta que sus cuerpos henchidos reventaban esparciéndose sobre los demás comensales y sus restos eran entonces utilizados como nuevas reservas de alimento para los que aún no habían alcanzado aquel punto.
    Y recorriendo todo aquel horroroso mundo, un gigantesco Cíclope de inmenso tamaño, buscaba con su único ojo a todas aquellas almas impregnadas de codicia terrenal para obligarles a beber de los manantiales que surgían de las paredes al contacto de sus gigantescos puños; manantiales de ardiente oro líquido que rellenaba sus cuerpos como si de un odre se tratase, hasta quedar rebosantes del fundido metal.
    Y ni uno solo de estos inconsolables seres podía esperar hallar el reconfortante descanso de la muerte, porque ya estaban muertos. Tras largos siglos habían podido encarnarse en el mundo exterior una y otra vez y regresar al reino del Limbo, el mundo de los sueños y de los difuntos que aún han de volver a la tierra. Pero su tiempo se había acabado, y ahora además, sobre la faz de la tierra no había una humanidad en la que poder volver a nacer, ni aún en el caso de que pudieran hacerlo. Y pocas habían sido las almas que habían podido evolucionar lo suficiente como para gozar de un glorioso descanso en las dimensiones superiores, los mundos celestiales, antes de caer finalmente bajo el infernal reino de las tinieblas para purgar sus errores y delitos. Y muchas menos aún habían sido las que definitivamente no bajarían ya a tan tenebroso lugar, por haber alcanzado altos niveles de conciencia, convirtiéndose en Adeptos o incluso en Hijos de la Luz, al servicio de las divinidades del sistema solar, que luchaba por fomentar el desarrollo de las Conciencias humanas.
    Desde lo alto de un insondable precipicio, Bel contemplaba impasible el caótico orden de su reino. Sus membranosas alas plegadas sobre sí mismas, sobresalían muy por encima de su macabra cornamenta. A su lado, Melael, su siervo, lo acompañaba. Era éste, un demonio muy poderoso que llevaba ya miles de años al servicio de su señor, ocupando un privilegiado  puesto que Orm codició desde un principio creyendo ingenuamente que podía llegar a ocupar.
    Melael, casi tan alto y fornido como su señor, desnudo como él, mostraba una apariencia semejante también, aunque al contemplarlos a ambos, de pie sobre aquel risco, resultaba claramente evidente quién era el amo y quién el siervo. Este último presentaba en su rostro la mirada firme y sombría de la más firme lealtad y con su porte reverencial, manteníase siempre que era posible, al menos unos centímetros por detrás de Bel, para dejar así constancia de quién está por delante. Su larga cola, además, permanecía lacia y casi rozando el suelo, mientras que la de su rey permanecía altiva y en suave movimiento, mostrando su autoridad. Sus cuerpos, cubiertos plenamente de un vello corto pero recio, brillaba con la mortecina luz del incandescente mar.
    -Míralo bien, Melael -dijo Bel-. Contempla esta agonía, porque el final de mi reino está por ventura muy cerca. Pronto estaré libre de la prisión de este mundo -Melael escuchaba con respetuoso silencio a su señor mientras observaba sin inmutarse el dramático panorama-. Hasta ahora, todos estos infelices mortales habían bajado aquí tras expirar el plazo de existencias a las que contínuamente retornaban en el mundo exterior. Y aquí sufrían la tortura de reconocer sus miserias y desprenderse de ellas. Así, tras miles de años, sus almas quedaban  tan limpias e inocentes como el primer día, y dispuestas para ascender de nuevo a través de los reinos de la Naturaleza y alcanzar nuevamente el estado humano, donde obtenían otra vez, una nueva oportunidad.
    Bel hizo una breve pausa antes de seguir:
    -Nunca estuve de acuerdo con ese plan. ¡Obligarles a conocer solamente un lado de la moneda! ¿No es mejor conocer también el lado sombrío? El poder entonces es absoluto. Por eso me rebelé y por eso me condenaron. Desde entonces soy el guardián de sus lastres. Y cuando sus almas son liberadas, sus despojos se quedan conmigo y su destrucción aumenta mi fuerza y mi poder. De vez en cuando, algunos merecéis formar parte de mi ejército -miró orgulloso a su siervo-. Pero dentro de las limitaciones que me impusieron, he seguido luchando por destruir su estúpido proyecto. Ahora -sonrió maliciosamente-, todos estos desgraciados no tienen la esperanza de volver a repetir una nueva oportunidad, porque ya no habrá vida sobre este miserable planeta agonizante.
    "Y entonces se verán obligados a abrir sus rejas para sacarlos de aquí y llevárselos al seno del Caos, o internarlos en otro lugar. Mi presencia aquí ya carecerá de sentido, mis cadenas se romperán y entonces, tendrán que escucharme, aceptar mis propuestas, o habrá una nueva guerra. Y estoy seguro que esto último será lo más probable. Y te aseguro, mi fiel Melael, que cuando esto suceda, la conquista de este sistema solar, será sólo el principio. Mi nuevo reino, no mi cárcel, llevará la luz de las Tinieblas hasta el confín del Universo.
    Una henchida satisfacción llenó el pecho y el rostro de Bel, mezclada con un odio ancestral que no podía ocultar.
    -Y yo estaré con vos, mi Señor -respondió Melael serenamente.
    -Y todo gracias a la genial ocurrencia del miserable de Orm -sonrió con desprecio-. Él maquinó la Caída en las mentes de los hombres, y éstos la llevaron a cabo sin sospechar que sería su fin. Después de todo, quizá merezca una pequeña recompensa.
    -¿Vais a acceder a su petición?
    Bel, dándose media vuelta, comenzó a alejarse del risco por una suave pendiente, en dirección a las paredes del fondo. Melael lo siguió a corta distancia mientras espera la respuesta de su señor.
    -Es posible. Este infeliz que creyó merecer tu lugar para luego pretender ocupar el mío, puede aún servirnos de diversión antes de que suceda lo inevitable.
    Cuando llegaron ante la pared, no se detuvieron. Y con un  suave murmullo, la roca fue cambiando de forma a su paso, hasta dejar libre un amplio túnel por el que se internaron ambos personajes.
    -Después de todo -prosiguió-, me está dando una idea para acelerar el proceso y adelantar los acontecimientos. Estoy ansioso por ver el rostro derrotado de mis jueces. Y si realmente, que lo dudo, hay alguno de esos malditos encarnado entre los elfos, no podrá resistir la acometida. Son muy débiles cuando están bajo la influencia de sus propias leyes físicas.
    De pronto, el túnel que se iba abriendo delante de ellos llegó a su fin al abrirse una gran caverna de rojizo fulgor, donde en primer plano se revolcaban por los suelos varios demonios que, alternándose en sus cambiantes formas masculinas y femeninas, fornicaban escandalosamente unos con otros, forzando a participar al mismo tiempo, a algunas de las infelices almas que eran además golpeadas, maltratadas y violentadas encarnizadamente. Al irrumpir en su presencia los máximos representantes, callaron repentinamente en señal de respeto, a la espera de posibles órdenes. Pero Bel, ignorándolos, sólo hizo un gesto con su mano de largas y negras uñas, y todos ellos volvieron a su sanguinaria bacanal.
    Bel se acercó a una de las paredes y apenas antes de que hiciera el ademán de sentarse, las rocas se modelaron a sí mismas formando un majestuoso trono en el que se sentó como si siempre hubiera estado allí. Melael se quedó a su lado, de pie, impasible y sereno como de costumbre.
    -Orm cree que aún puede conquistar este mundo -prosiguió el Señor de los Infiernos-. El desgraciado desconoce la grandeza del Universo y todo lo que acontece en él. Pretende conquistar un mundo del que no tiene ni idea de cómo se creó ni de por qué, ni cuándo. Él, que no es más que una mota de polvo del mismo.
    Apoyó su mandíbula en su mano derecha, rascándose el mentón, con el codo apoyado a su vez en el brazo del sólido trono, y la amarillenta mirada traidora y cruel enfocada en la distancia; y tras una corta reflexión que pareció satisfacerle, continuó:
    -Está bien, mi fiel Melael. Haz los preparativos pertinentes para entregarle a Orm la autoridad sobre los Trolls, envíale su grata noticia y deja que vaya con ellos a buscar a esa Huma, el último eslabón, a la pobre ciudad de la Alianza. Que la goze y la disfrute. ¿Por qué no? Tú mientras, prepárate para ayudar a nuestra madre naturaleza en sus últimos días de agonía- sonrió con sarcasmo-. Evitémosle el dolor del sufrimiento final y ayudémosla a morir dignamente -luego ordenó imperativamente:-. ¡Remueve sus entrañas, Melael; sacúdela, haz que se retuerza como nunca antes lo hizo, que la tierra y el mar se junten con el cielo! ¡Que acabe por fin la Historia de este mundo! 

Jose Salieto Buigues.               http://www.cronicasdeunanuevaraza.com/