martes, 7 de mayo de 2013

Rafael Bernabé

 
 
  Vamos a conocer a otro escritor ilicitano. Se llama Rafael Bernabé Carrión. Ilicitano, aunque afincado en Santa Pola, de 39 años. Es arquitecto técnico, y lo de la escritura le viene desde hace poco tiempo.

Comenzó hace unos 3 años por una amiga que lo incitó a que dejara salir su vena literaria, que dicha amiga presentía en Rafael. A partir de ese momento, nuestro autor ilicitano, se dió cuenta de que podía ir creando personajes, historias, jugar con ellos... y tanteando y probando ha conseguido escribir 16 relatos cortos que pronto verán la luz en formato de libro. Dicho libro se llama “En el tren. Encuentros y desencuentros es un conjunto de 16 relatos cortos en donde las reacciones de los personajes ante determinadas situaciones son las protagonistas de las historias.
            En los vagones de un tren de largo recorrido, o corto, tanto da, viajan familias, madres solteras, solteros de inconsciente paternidad o muchachas ávidas de nuevas experiencias. Cada personaje o grupo de personajes protagoniza cada uno de los relatos que de manera independiente se suceden. No obstante, en algunos casos, los protagonistas de una historia son personajes secundarios de otra, quedando así entrelazados los relatos: de alguna forma, y aun a pesar de la independencia, ello le confiere un cierto halo de “obra coral”.
            Algunos personajes viajan plácidamente, o eso aparentan exteriormente, mostrando para sus adentros los miedos o preocupaciones; inquietudes que les hacen removerse en los asientos, aunque sin perder la compostura…en la mayor parte de los casos.
            Resulta por ejemplo chocante la idílica estampa familiar de unos padres viajando con sus hijos, deshechos en sonrisas de aparente felicidad. En ese relato, se irá desgranando la cruda realidad que rodea al matrimonio, dejando en entredicho la felicidad que se regalan. En otro, un educado señor, moralmente correcto y escrupulosamente religioso, sucumbe al oscuro pecado de la carne, para su desconcierto y sorpresa…
            Hay relatos también, y a ellos alude el título, en los que puede resultar interesante observar cómo las personas reaccionamos (más de un lector pueda verse reflejado en alguna de las situaciones que este desconcertante tren y sus viajeros depara) ante el encuentro inesperado o la situación estrambótica. ¿Cómo reaccionaríamos si un mago nos hiciera desaparecer de nuestro asiento? ¿Asistiríamos impasibles a la esperpéntica situación de ver a una madre borracha llorando por un ex que le quita a su hijo? O ante la muerte ajena… ¿Estaríamos dispuestos a asumirla con total calma y decoro si nos sorprende en nuestro viaje?
            Sería interesante comparar nuestras reacciones con las de estos personajes, víctimas de ellos mismos y de las situaciones que provocan. Tenemos 16 relatos; suficientes para viajar por toda una gama de encuentros… y desencuentros.

       Para ir abriendo boca, Rafael Bernabé, nos ofrece un interesante adelanto con un relato llamado "La Familia Feliz". Esperamos que os guste, y os informaremos en cuanto esté publicado el libro.

 LA FAMILIA FELIZ

             
            Sentado entre su suegra, sus hijos y su mujer, viajaba Ernesto en el tren, bajo tres pesadas maletas y frente a un destino poco, casi nada, apetecible. Con todos esos compañeros de viaje reflexionó y decidió que lo mejor sería ausentar su mente ya que muy a su pesar, su cuerpo debía permanecer presente. Recapacitó, recopiló su pasado reciente, también el lejano, y no pudo evitar que un triste amargor empezara a invadirlo. Un montón de sueños sin cumplir, un físico venido a menos (aunque nunca había sido mucho más) y una familia que… bueno, era la que era, la que él había elegido y con la que un día –ya borroso –se había sentido a gusto. Y contra la lenta pesadez con que la sucesión de ideas se paseaba en su cabeza, el exterior, veloz, parecía sugerirle premura en la aflicción.
            Mientras su mente divagaba, Ernesto, avezado ya en el manejo de las apariencias, accionó su particular piloto automático. Una estúpida sonrisa se le dibujó en la cara. Con ella respondería a cualquier comentario de la suegra, por muy absurdo e inconveniente que fuera, y a las ñoñas y desustanciadas apreciaciones de sus melifluos hijos.
Soportaba con desidia lo aburrido y mundano de su vida, en la que su propia existencia le era a veces tediosa. Tras pequeños detalles y bajo palabras discretas y biensonantes, con acierto y oficio, se había acostumbrado a la felicidad fingida. Tan convincente era que incluso, a veces, él mismo se había llegado a creer su propia mentira. Pero solo a veces. La mayor parte del tiempo era plenamente consciente del engaño. No era feliz con su familia. La quería, daría lo que fuera por todos y cada uno de ellos, se esforzaba al máximo por mantenerles en un cierto nivel de vida, trataba de compartir satisfacciones y alegrías, pero… Pero efectivamente, llegó a la filosófica conclusión de que el hecho de querer a alguien no implica que se sea feliz junto a ese alguien, llámese esposa, hijos o suegra.
 No había sido consciente hasta hacía relativamente poco del hastío con el que empachaba día tras día su vida. Siempre había pensado que así debía de ser el tener una familia, esto es, responsabilidad, preocupaciones, sinsabores… Pero Ernesto, lo que tenía era, además de lo anterior, un plus de sobrecarga: una mujer, felicísima, a la que soportar. No solo a ella, también sus cambios de humor y sus insufribles conversaciones acerca de cualquier insustancial tema. Y todo ello con el mérito añadido de aparentar que además de interesarle, le preocupaba. Con sus ojos fijos en los de Marisa, arrugando el entrecejo fingiendo concentración, daba por satisfecha el ansia de la mujer de sentirse escuchada y de creerse poseedora de importantes argumentos acerca de cualquier cosa. ¡Ay! Si esta hubiera sabido que cuando le hablaba, Ernesto se tele-transportaba a un mundo interior al que Marisa no tenía ni la más remota idea de cómo se accedía…
 No era un mal padre, ni un mal marido. Se esforzaba por cumplir con sus deberes familiares. No tenía un sueldo excesivo, pero hacía virguerías por estirarlo y parecer incluso ser de una posición social que no era la que le correspondía. Cumplía religiosamente con sus compromisos sexuales –aunque la mayoría de las veces le hubiera apetecido excusarse con un “me duele la cabeza” –y notaba en la sonrisa de Marisa el agradecimiento por esos momentos, breves, de  placer conyugal. A sus hijos, aunque para él remilgados y empapados de infantilismos poco acordes a la edad que ya tenían, los quería. Se había afanado en educarlos de la mejor manera que se lo ocurrió. Y esta no fue ni más ni menos que basarse en sí mismo como modelo, tenerse como fuente de inspiración para intentar que aquellos niños se asemejaran a él, a la natural normalidad. Aunque al parecer tanta normal naturalidad no es recomendable, a tenor de lo que en sus empalagosos y a veces insufribles hijos veía reflejado.
¡Qué harto estaba ya! Qué cansado era ofrecer un aspecto exterior tan distante del interior. Ernesto se sentía culpable. Notaba que su familia lo quería, que eran felices a su lado y que respetaban su posición de padre de familia. Mientras, él se sentía incómodo rodeado de tanta filigrana familiar. Una mujer sonriente y feliz a todas horas, complaciente; una suegra habladora pero bienintencionada, y sonriente; y unos niños que aunque sosos y relamidos, eran también educados y cariñosos, y por supuesto, también sonreían. Siempre.  
 Remando en un río a contracorriente se encontraba la mente de Ernesto, cuando de repente, se abrió la puerta del vagón. Su mujer, sentada frente a él, sus hijos sentados en el suelo y su suegra volviendo del paisaje, giraron sus caras, siempre sonrientes, hacia la puerta. En ella vieron a una anciana bajita de ojos azules que los contemplaba en silencio, interrogándolos con la mirada. Pero ni Ernesto ni su familia supieron descifrar lo que la mirada de aquella mujer trataba de decirles. Nadie dijo nada. Ni la anciana, anclada al marco de la puerta, ni la familia sonriente que la observaba. Tras unos segundos, que a todos les parecieron eternos pero que nadie quiso exteriorizar, la anciana, con la mirada perdida, cerró la puerta del vagón. Ernesto, Marisa, su suegra y los niños volvieron a sus cosas. Ernesto a su análisis introspectivo, su suegra a la plácida modorra, los niños a la lectura y Marisa... pues Marisa, relajada, también estaba empezando a acariciar su yo más profundo. El suave traqueteo del tren y el silencio familiar invitaba a dejarse llevar. Y bien que lo hizo.
Le dio por pensar en todo lo que haría al llegar a su destino. Desharía su maleta, saldría a la terraza del hotel con un Dry Martini en la mano y un cigarro en la otra, programaría su tarde cultural por la ciudad, iría a los cafés más cool del centro (con mesas exteriores en donde poder pegarse buenas fumadas rajando al mismo tiempo a los transeúntes); y tras una buena sesión de compras, por la noche, se arreglaría. Vestido ajustado, escote de infarto, maquillada como una puerta… Pero algo chirrió de repente en su cabeza. ¡Su familia! ¡Joder! Se había relajado tanto en su ensoñación que se había olvidado de que no viajaba sola. Por un instante perdió la sonrisa de la cara, pero rápidamente se recompuso. Menos mal. Nadie se había dado cuenta.
Marisa, ya menos relajada, pero decidida a dialogar consigo misma, se dejó guiar por sus pensamientos, ahora ya, plenamente consciente y totalmente despierta. Qué harta estaba Marisa de aquel marido que le había tocado en suerte. Cuán insoportable se le hacía a veces el tener que ver constantemente una sonrisa bobalicona, fiel reflejo de un espíritu insulso, de un hombre poco hombre para ella. Cuántas noches hubiera apagado la luz mientras le proporcionaba placer para no tener que ver esa estúpida cara de Ernesto, afectado de un amor que ella no compartía. Y aún así, aún a pesar de la indiferencia que sentía hacia él, tenía que sonreír, tenía que alimentar la hombría de aquel pusilánime que la adoraba.
 Sí, Marisa era plenamente consciente de que lo era todo para su marido. Notaba a Ernesto feliz a su lado, agradecido por haberle hecho padre de dos criaturas maravillosas, de las que se sentía orgullosísimo de lo listos y espabilados que eran (lo que Marisa matizaba, ya que para ella sus hijos eran repipis, y sabiondos y redichos a partes iguales). Babeaba de amor cuando ella abría la boca, mirándola fijamente, concentrado en sus palabras por frías e insustanciales que estas fueran. ¡Ay! Si Ernesto hubiera sabido que Marisa, cuando le hablaba, era para disimular y esconder su propio hastío, y evitar que un silencio incómodo pudiera haberla delatado…
Le había costado reconocer la monotonía de su vida, la infelicidad que le proporcionaba una rutina familiar tediosa. Y cuando se había dado cuenta, ya era tarde para hacer marcha atrás. Por eso, sabiendo como sabía que Ernesto era plenamente feliz en aquel matrimonio, decidió disimular, sonreír más que nunca y demostrar al mundo entero que su familia era modélica y ejemplar como la que más. Tanto se había esforzado que, a veces, se había llegado a identificar con el papel de esposa dichosa. Aunque bien es cierto que no le hubiera importado darle su papel a otra cuando se acostaba con Ernesto por las noches. Ella era toda una mujer, de los pies a la cabeza. Si se lo hubiera propuesto, hubiera podido conquistar al hombre que hubiera querido, a uno que la hubiera hecho sentir mujer, amante y esposa en una sola. Pero nunca había sido una mujer con suerte.
Marisa sentía lástima por Ernesto y se daba cuenta de no estar a la altura del amor que su marido le ofrecía. Precisamente la compasión había sido una de las razones que la había llevado a inventarse un rol de esposa feliz y satisfecha. Así, Marisa montaba su particular teatrillo cada mañana al despertar con la “sana” intención de mantener a su marido en la mentira. Porque a diferencia de la culpabilidad con que Ernesto se flagelaba, ella, lo que sentía correr por sus venas era una magnanimidad incuestionable.
El tren ralentizó su marcha. Se aproximaba a una parada. El paisaje empezaba a oscurecer, aunque aún eran perfectamente visibles los contornos de las casas, los coches, los caminos y los lejanos montes. Cada cosa con su color, ocupando su lugar en la escena, y que aunque visto desde dentro, y con un grueso cristal de por medio, no dejaba de ser prácticamente igual a lo que se pudiera haber observado desde fuera. Pero eso era una estampa desde el tren, un bodegón inerte de ventanilla. Una familia es otra cosa. Contradiciendo a Tolstoi, podría decirse que no todas las familias felices se parecen. Unas lo son y otras, simplemente, se conforman con parecerlo.