domingo, 20 de mayo de 2018

Presentación Causa y efecto, de José Salieto

Este viernes 25 de mayo, a las 20h, el autor José Salieto presentará su novela Causa y Efecto en la Papelería Luna de Elche. 

Una novela que hará que te plantees varias cosas. ¿Somos conscientes de nuestros actos? ¿Hasta dónde llegan sus consecuencias?

Aquí os dejamos un fragmento de la novela.

A Arturo, ya con nueve años, lo de ser adoptado le sonaba a uno de esos cuentos fabulosos llenos de fantasías irreales que nunca llegarían a ser verdad. Y en cuanto a lo de esperar a ser mayor de edad para poder vivir su propia vida, le resultaba demasiado lejos aún. No era feliz, ni mucho menos. Máxime cuando se tenía que enfrentar a los abusos de otros niños mayores que él, y por cuya culpa luego era él quien pagaba las consecuencias ante la directora del centro, una monja gruñona y de muy malas pulgas.
Intentó fugarse en un par de ocasiones durante unas de aquellas salidas didácticas a la ciudad, por lo que finalmente y como castigo, le prohibieron volver a salir en las siguientes excursiones durante un año. ¡Un año sin salir de aquellos muros! Recordaba vagamente cuando le decían que su madre tuvo que estar en prisión porque hizo no sabía muy bien qué cosa mala, hasta el día en que enfermó y Dios se la llevó al cielo. Y Arturo imaginaba que si su madre tuvo que estar encerrada como él, sin salir a ninguna parte, no le extrañaba que se pusiera enferma.
No consiguió hacer ninguna amistad que mereciera la pena entre todos los demás compañeros, ni siquiera con las chicas, a las que las monjas mantenían siempre separadas de los chicos, incluso durante las estancias en el jardín, donde ellas tenían su zona y ellos la suya. Así que Arturo estaba siempre solo, relacionándose no más que lo justo y necesario con los demás.
Eso a su vez, hacía que los más gallitos le tuvieran siempre en el centro de la diana de sus chanzas y bromas de mal gusto. Aunque finalmente, hasta llegaron a cansarse y aburrirse de él, por lo que las acometidas en su contra fueron espaciándose cada vez más. Algo que, lógicamente, el muchacho agradeció. Y prefirió por ello mantener las distancias, para no tentar a la suerte.
Una vez, en pleno otoño, vio a un adulto sentado en uno de esos bancos viejos y descoloridos, bajo un inmenso nogal también viejo y arrugado, a cuya sombra se esparcía una alfombra de hojas y antiguos frutos podridos. Se quedó mirándolo, extrañado, pues nunca lo había visto por allí. En ocasiones, algunas familias les visitaban con el ánimo de hacer una adopción, aunque siempre buscaban a los más pequeños, y Arturo perdía el interés por ellos, a sabiendas de que el tiempo de sus posibilidades, ya había pasado. Pero nunca nadie se quedaba tan tranquilamente sentado en uno de aquellos pobres bancos, solo, sin compañía.
Por eso le llamó tanto la atención. Era una zona del jardín donde no solían jugar mucho, por estar algo más apartado de la zona habitual, razón por la cual, Arturo prefería visitar muy a menudo. Se acercó a él muy despacio, sin dejar de mirarlo, con curiosidad y recelo a la vez. Se trataba de un anciano enfundado en un viejo abrigo y un sombrero a juego, algo muy pasado de moda sin lugar a dudas. Estaba sentado con la espalda muy erguida, la mirada al frente y ambas manos apoyadas sobre un bastón blanco, situado entre sus piernas.
Pero lo que más le llamó la atención a medida que se acercaba, fue su rostro. Un rostro de abuelo afable y cariñoso, a pesar de su expresión firme y serena y de esos ojos blancos, sin pupilas. Se quedó de pie, muy cerca de él, mirándolo fijamente. El anciano no hizo ningún movimiento, ni le dijo nada.
Arturo ladeó ligeramente la cabeza a uno y otro lado, como buscando un ángulo mejor para verlo, preguntándose quién sería y por qué tenía aquellos extraños ojos. Como quiera que el sujeto en cuestión no reaccionaba, el muchacho optó por tomar la iniciativa, preguntándole a bocajarro:
—¿Eres ciego?
—No lo sé —respondió el anciano con una sonrisa, sin apenas moverse—. Hay muchas formas de ser ciego. ¿A cuál te refieres?
Arturo se sorprendió por la inesperada respuesta. Lo pensó un poco y decidió repetirle la pregunta de otra forma.
—¿Puedes verme?
—Hay también muchas formas de ver. Mucha gente ve las cosas con sus formas y colores, su luz, sus sombras y todas esas cosas; pero son ciegos porque no saben ver nada más. Otras, no pueden ver esas cosas con sus formas y colores, ni sus tamaños. Pero pueden ver lo más importante de ellas: lo que llevan dentro.
Arturo tampoco entendió muy bien esta vez. Pero ya el hecho de que el anciano no le hablara en la misma forma que todos solían hacerlo, atrapó definitivamente su atención.
—¿Y tú cómo me ves? —preguntó inocentemente, con el ceño fruncido, fruto de su intento de comprender las palabras del viejo.
El hombre sonrió muy abiertamente esta vez, antes de responderle, con una clara satisfacción en su cara.
—¡Ahora sí has hecho la pregunta adecuada! —hizo un gesto de reflexión y luego añadió:
—Veo a un muchacho que no se conforma con su destino y que está dispuesto a hacer lo que sea con tal de cambiarlo y tomar sus propias riendas. Veo a un muchacho valiente, que quiere dirigir su propia vida, dispuesto a afrontar lo que sea para conseguirlo y que no tiene miedo al fracaso. Pero que no encuentra la forma de hacerlo, porque se siente prisionero entre estos muros.
Aquella respuesta le llegó directamente al alma. Nunca nadie había hablado así de él, y resultaba extraño que un desconocido lo conociera mejor que los demás.
—¿Y cómo sabes eso?

—Lo veo —fue la sencilla respuesta.