domingo, 26 de enero de 2014

Antonio Fco. Buitrago y "El impertinente diario de un madurito resignado"

  
Antonio Fco. Buitrago nos ofrece el primer capítulo de su nueva novela "El impertinente diario de un madurito resignado". Situaciones cotidianas con gente normal en su día a día. Esperamos que os guste. Podeis seguir a Antonio Buitrago a través de su blog  denaturalezatocapelotas.blogspot.com.es

EL IMPERTINENTE DIARIO DE UN MADURITO RESIGNADO.

Capítulo. 1º.

Decidido a pasar unos amenos minutos con mi sobrino de acompañante y, gracias a los abonos que me han prestado, con más de media hora de antelación por aquello de ir tranquilos, nos presentamos en el campo de futbol.
¡Qué aventura copón! Nada más llegar, el vigilante de seguridad que hay pegado al torno para el control del acceso, le dice al chaval mirándome a mí, que la botella de agua de litro y medio, ya que el nene bebe cosa mala, mo puede pasarla ¡Caramba! Nos dejaron al sobrino sin poderse hidratar con lo bien que le va para el riñón al chaval.
No quedo todo  ahí, la botellita que llevaba yo, una pequeñita y por esos momentos recalentada cosa mala, no podía entrar con el tapón puesto… Si, por lo visto con el tapón, deja de ser una botella para convertirse en un misil tierra aire radio dirigido telepáticamente.
Como era lo único que nos quedaba para que por lo menos Ismael tuviera algo de donde beber, hice caso y quite el taponcito mientras con la otra mano, me sacaba los abonos de la cartera y, mis dientes, gracias al asita de la bolsa, sostenían en una compleja postura de equilibrista contemporáneo los respectivos bocatas de jamoncito con tomate vagamente restregado y un par de plátanos. De canarias por supuesto. Ismael tenía bastante con ir despidiéndose de su hermosa botella, como para cargarle de más responsabilidades.
Con el dichoso tapón quitado, por fin tiramos para adentro sin darnos cuenta, ni yo ni el vigilante del tornito, posiblemente por el descaro con que paso todo, que el tapón entró conmigo en la mano con la que lo había desenroscado, y que en ningún momento camuflé, pues no había intencionada maldad en ello.
Buscando el asiento con todo aquello manga por hombro dado las obras de limpieza de cara que se estaban  haciendo con lo del ascenso, me acerqué a uno de los agentes de la policía nacional. Un joven delgadito, de los que en mis tiempos habríamos llamado de media hostia como mucho. Allí estaba él, bajo la sombrita de la visera de su gorrita impoluta, con unas gafas de sol oscuras de patilla dorada, una barbita diestramente cuidada a tijera, y más cosillas colgadas alrededor de su cintura que en un árbol de navidad rococó en casa de una gitana católica.

-¿Que lleva en la mano?- me preguntó el agente antes de que yo pudiera consultarle si sabría orientarme, hacia donde podía encontrarse nuestros asientos.
-Como verá, un poco de todo por aquello de subsistir con el chaval- respondí algo sorprendido pensando en que tal vez, hasta querría cachearme sabría Dios porque, ya que finín era el zagalote, pero pinta de homosexual no tenia, por lo menos de homosexual necesitado. Claro que hoy en día, cualquiera pone la mano en el fuego por nadie. -¿Aun gustaría a alguien? Qué bien- Pensaba entre una cosa y la otra, pero la verdad, hubiera preferido que de fijarse, mejor su seria compañera. Rubita y callada muchacha de prietas carnes, lisa melena y enormes protuberancias mamarias... pero bueno, es lo que hay, nunca fui hombre de suerte.
Estirando su mano, señalo la palma derecha de la mía. -A esto me refiero- ¡¡Coño!! El taponcito dichoso. -¿Sabe que es esto?- asentí, tan corto no me considero. -Esto, según la ley del deporte, son tres mil euros- insistió él con el cuello todo lo tieso que podía dar de sí, tal vez, para intentar mirarme de tu a tu, ya que aun así, me quedaba por debajo unos importantes centímetros.
Que vamos hacerle, soy así de espontaneo y bocas. -¡¡Joder!! Pues nada, nada, se lo haga llegar a quien corresponda y ya si eso, me mandan el dinero- respondí con toda mi alma. -Ahora entiendo tanta recogida solidaria de taponcitos, a esos precios pufff- seguí con mi repertorio, y es que me lo puso a huevo.
En su cara, no solo faltaba alegría, por momentos tras aquellas gafas oscuras y un tantico hortera, se notaba emerger su ira, por lo que decidí apaciguarle cambiando el tercio. -Vamos a ver joven. (Esto de joven gusta mucho)  ¿Cree usted que si yo sé eso, me voy a dirigir a usted con el tapón en la manita como si tal cosa? ¡¡Hombreeeee!! Lo piense o no, ya le digo que tonto para tanto, como que no- insistí, ahora en modo ofendido gesticulando cosa mala con cuello y manos. -El vigilante del torno me ha dicho que quitara el tapón y así hice, es más, la botella grande no me la dejó pasar con o sin tapón y obedecí.  ¿Para qué coño iba yo a querer el puto tapón?- aquí me mordí la lengua para evitar dejar la coletilla de “Antes de saber su precio claro”
-Está bien, está bien, pero ya lo sabe para otra vez- añadió el agente sin dejar su papel de “Y que sepas te estoy dejando vivir”… que lastima de personilla ¡En fin! De todo tenemos que tener en esta vieja viña.
Con el tapón confiscado, dimos por fin con nuestros asientos. ¡Joer! todo el sol en mitad de la cara, pero bueno, eran prestados y por mucho que nos quejáramos, de poca ayuda nos valdría, cuestión de que bajara el sol un poquito y a disfrutar del partido que pese a lo de amistoso, prometía. Toda la ilusión y ganas de un recién ascendido, contra uno de los clásicos en la Champions League.

Bajo de nosotros, a apenas dos metros, tres como mucho, se iban colocando los hinchas que se presuponen conflictivos, vamos, los famosos ultras. Aunque eso de famosos les queda bastante grande, yo, allí abajo solo veo un grupo de personalidad indecisa y posiblemente aterrada, que buscando por la vida un hueco… que mejor que este, donde muchos hacen la fuerza. De todo el mundo es sabido que el miedo repartiendo hace más llevadera la peor cagalera.
Bueno, a unas malas, con sus estribillos siempre pegadizos, nos entretendríamos un tantico. Curiosamente y según pasaban los minutos, me di cuenta que esos estribillos se quedan en nada si se les quitan las palabras. Sangre, colores, muerte, sentimiento y puta, esta última muy remarcada, siempre contra el rival vecino, venga o no al caso, todo sea llenar huecos como en los intermedios pesados.
Vale, sé que no está prohibido, pero si me dejaran. Al capullo que se sienta al lado de Ismael, le metía ese cigarrillo por el culo con todo el cuidado del mundo para evitar apagarlo estando aun fuera. ¿Que no se da cuenta lo molesto que puede ser el humo en aquellos que no comparten la afición a su vicio? Mucha cejita depilada, camiseta de marca ajustada para insinuar musculito. Pero educación, cerebro, ni para llenar la punta de un bolígrafo seco.
Por fin parece se da por aludido el susodicho atontado. Las carasetas del chaval, su aspaviento de manos a lo abanico desbocado, y mi singular mirada de inquisidor del reino, dieron su fruto.
No, yo no voy marcando músculos, esos días me pasaron de largo hace algún tiempo, pero tampoco creo me haga falta fingir nada con esta cara de mala baba con la que Dios me ha bendecido, a fin de cuentas. Una buena hostia a mitad de nariz con puño cerrado, un improvisado cabezazo, e incluso la clásica y no menos efectiva, patada en mitad de los huevos y, con musculitos o sin ellos, la pupa queda marcada para los restos.
Menos mal que la pitanza apacigua las fieras y, el bocata estaba apuntico de caer sin darle la oportunidad de un juicio. No digo lo de justo, porque en este país me suena a insulto fuere cual fuere su abierto contexto. Del tipo flauta, el mío fue visto y no visto, hasta Ismael quedo sorprendido. -Ná, que si tu tío se pone, se pone- le respondí tras su. -¡¡Ya!!- Anda que sí, ahí se me iba a quedar.
Íbamos perdiendo tres cero, cuando decidí fijarme un poquito más en aquellos de allí abajo, no en los que corrían tras el balón no, en los ultras que por esos instantes entretenían bastante más. Había que ser muy tonto para no ver la jerarquía del grupito. Chavales de veinte poquitos para abajo, todos a lo bacaladero pijo, alguno con menos cerebro y como tal, rebosante de felicidad, más bien a lo paramilitar escocido con indumentaria del mercadillo. Los abalorios como la bufanda, banderita o gorra, del bazar chino, que sin rascarse mucho el bolsillo pese el amor al equipo, daba el pego a lo lejos.